Acaba de pasar el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, una entre las varias fechas que a diario nos invitan a rescatar, preservar y potenciar la memoria de la vida y obra de grandes personajes, o con respecto a hechos históricos relevantes para el país, la región, el ámbito de la lengua o la especie humana toda.

Recordar, preservar, activar, entrelazar momentos y zonas de la memoria es una práctica social necesaria, que llama a la toma de posición –como ciudadanos del presente y, en lo fundamental, gracias a las nociones que tengamos acerca de la eticidad y de la justicia– alrededor de acontecimientos o figuras del pasado, sus modos de impactar e infiltrar nuestra actualidad, así como las maneras en las que desearíamos que esa carga de memoria intervenga en la modelación de los futuros que sin cesar construimos.

El 21 de marzo de 1960, en Shaperville, Sudáfrica, una multitud (integrada, según se calcula, por unas 20 000 personas) se reunió frente a la estación de policía del lugar para protestar por el sistema de pases, que el sistema del apartheid imponía para la población negra; esa manifestación fue tiroteada por la policía y 69 personas murieron, varias de ellas asesinadas por la espalda, mientras se retiraban corriendo para escapar de los disparos.

Para otorgar carácter mundial al homenaje a las víctimas de la violencia racista ese día, la Asamblea General de las Naciones Unidas (mediante la Resolución 2142 (XXI) del 26 de octubre de 1966) proclamó el 21 de marzo, fecha de la masacre de Shaperville, como Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial; es decir, para llamar a la lucha contra toda expresión o acto, mediante el cual, apelando a la noción de «raza», una persona es inferiorizada, humillada, degradada y privada del disfrute de derechos respecto a aquellos que ejercen la acción discriminatoria.

Tal carácter planetario es lo que muestra Shaperville, texto en el cual el poeta y activista político sudafricano Dennis Brutus devela los significados profundos de aquel día de violencia; para el autor, más allá de la crueldad y la cifra de los muertos, lo que interesa es comprender que el accionar policial de ese día «epitomiza la opresión / y la naturaleza de la sociedad / con más claridad que ninguna otra cosa». De esta forma, luchar contra la discriminación (representada por la violencia ejercida en ese particular día) es mucho más que accionar en un punto único, es enfrentar un sistema, lo que el poeta define como «la naturaleza de la sociedad».

Mientras que la dimensión planetaria nos pide atender la opresión racial como una práctica que toca confrontar en cualquier lugar, donde ella tenga presencia, la significación local de las prácticas discriminatorias nos convoca a centrar la mirada en el entorno de vida cercano.

De esta forma, el ideal de las luchas contra la discriminación implica una suerte de doble solidaridad: con las grandes causas internacionales en contra de la discriminación y contra aquellos ejemplos de comportamientos y/o articulaciones discriminatorias que, por motivos de «raza», puedan estar manifestándose en la familia, en el barrio, en la escuela, en el lugar de trabajo, en el país.

Recordar es también preguntar: ¿qué entendemos por «discriminación racial»? ¿En qué espacios la encontramos? ¿Cómo se «aprende» a discriminar a otra persona sobre la base de las definiciones de «raza»? ¿Quién lo transmite, enseña, pone a prueba y refrenda? ¿Quiénes la ejercen de manera habitual? ¿Por qué pueden ejercerla? ¿Con cuáles consecuencias y efectos? ¿De qué manera enfrentarla? ¿Con cuáles herramientas? ¿De qué modo un acto actual de discriminación racial se conecta y alimenta de los actos semejantes, que están guardados en ese inmenso archivo, donde se unen las producciones culturales realizadas en el territorio, junto con la memoria de sus ciudadanos? ¿Es posible trazar o escribir una historia de la discriminación racial que nos enseñe cómo ha sido en cada época, cómo evoluciona, se transforma, se enmascara, se reproduce, hace mutación?

El carácter mutante implica la existencia de transformaciones en el tiempo, cambios gracias a los cuales aquello que percibíamos como una expresión o acto de discriminación racial evidente o «directa», diríamos que sobrevive apelando a enmascaramientos y/o procedimientos más refinados, que posibilitan la conservación (en no pocas ocasiones en una suerte de estado larval) de emociones y contenidos conceptuales propios del racismo más acendrado.

https://youtu.be/vCyWhob9SCc

Las prácticas discriminatorias más evidentes y  directas –asociadas a las variedades del denominado «racismo biológico»– son típicas de las historias de la plantación esclavista, de las posesiones coloniales, las neocolonias y todo tipo de variedades de racismo conectadas a la xenofobia; aquí, la característica decisiva de las acciones discriminatorias es la fusión entre los marcadores «biológicos» de ese «otro», al cual se estima inferior (rasgos heredados como el color de la piel, el cabello, la forma de la nariz, ancho de los labios, forma de la cabeza, características óseas, etc.) y los rasgos de la personalidad, valores morales, inteligencia y cultura de las personas.Dicho de otro modo, apropiación del derecho (por parte de quien posee una subjetividad racista) a definir si el otro (negro, gitano, mexicano, africano, migrante) merece o no ser parte del «alto» mundo de la civilización (por norma general, «blanca») o se encuentra a una distancia tal, que permite identificarlo como humano de segunda categoría, en permanente declive hacia al reino animal. A la misma vez que ello, el carácter mutante de las prácticas discriminatorias implica algo mucho más dañino y peligroso; esto es, la facilidad con la cual decir, gesto, actos, pensamientos, sentimientos y/o contenidos racistas se infiltran y afloran en nuestras vidas. No tiene que ser en lo evidente, directo y transparente, sino en lo subrepticio, cómplice y, en no pocas ocasiones, ni siquiera «pensado» de manera previa o «calculado»; un comentario al pasar, una aparente broma, un no preguntar al otro o, peor aún, un silencio.

En este racismo diferente, incluso puede suceder que una persona que se considera a sí mismo como no-racista (y hasta se proyecta como tal en diferentes escenarios y aspectos), practique y reivindique ideas y comportamientos que lo son en su profundidad y/o derivaciones. Voy a terminar con unas pocas ideas acerca de cómo asumir y prolongar (ya que se trata de una lucha sin descanso) este Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial:

  • Sospecha de todo concepto pre-establecido que –acerca de cualquier grupo– haya sido establecido por razón de su supuesta «raza».
  • Escucha la voz del «Otro racial»: nunca minimices su opinión, no impongas, pregunta lo que no entiendas, respeta, comparte, participa.
  • Nunca presupongas que el «Otro» practica determinada religión, disfruta bailar, gusta cierta forma musical, viste este o aquel color, es fanático de un particular deporte y mucho menos expreses asombro si no lo hace.
  • Ten presente que la discriminación ocurre en el tapiz de la Historia y que, por ese motivo, nunca es un hecho aislado: tiene un pasado, altera el presente y contiene una propuesta de futuro para el grupo discriminado: un «lugar».
  • Puesto que la discriminación extiende sus procedimientos y consecuencias prácticamente a todas las esferas de la vida humana, es allí donde necesita –según las fuerzas, capacidades y habilidades de cada quien– ser combatida.
  • Estudia sin descanso la discriminación misma (lo que es, cómo actúa) y verás –con mayor hondura cada vez– las complejidades y entretejimientos, oscurecimientos, desafíos y caminos para enfrentar el racismo y sus prácticas discriminatorias.
  • Permanecer callado ante una expresión o acto de discriminación racial es ofrecer (al racismo y a quien lo practica) la falsa protección de un silencio cómplice y equivale a alimentarlo.
  • Recuerda que no hay un «afuera» de la discriminación racial y que decir que se tiene amigo(a)s negro(a)s (como si se pudiera «salir» de la «situación» o ello demostrara algo) es lo mismo que dejar el «problema» al nivel de un conflicto que solo atañe a racistas y a discriminado(a)s.
  • Solo pueden ser racistas los que tienen oportunidad de asociarse al grupo con suficiente poder como para determinar los destinos de todos los miembros de su «Otro racial», limitar su desarrollo, extraer ventaja de esto e incluso dañarlos.
  • No temas discutir errores o debilidades en lo tocante a las prácticas discriminatorias; lo verdaderamente terrible es el silencio.
  • Sométete a revisión, pregúntate qué has aprendido, qué has hecho, qué más puedes o deberías hacer.
  • Fomenta la solidaridad, no olvides que la discriminación racial suele presentarse entrecruzada con otras discriminaciones: por motivo de género, preferencia sexual, lealtad religiosa u otras.
  • La única manera de ser un luchador por la eliminación de la discriminación racial, en todas sus escalas, es siéndolo.

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